Tres cañones apuntan al mismo blanco. El primero usa la fórmula del libro. El segundo lo apuntas tú. El tercero no sabe nada de física: solo le dicen cuántos metros ha fallado, y con eso corrige. Nadie le dice nunca el ángulo correcto.
Qué mirar: pulsa Disparar 20 veces y no mires el campo, mira la gráfica de la derecha. Los primeros tiros fallan por decenas de metros; hacia el disparo 20 ya ronda el blanco y hacia el 50 lo clava. Mientras tanto el cañón de la fórmula falla siempre lo mismo, siempre corto, dispare las veces que dispare: no aprende nunca porque no mira dónde ha caído.
El tiro parabólico tiene solución exacta: el ángulo sale de una ecuación de una línea. Poner una red neuronal a aprender eso sería un mazazo para clavar una chincheta.
Lo que cambia todo es el rozamiento del aire. La fórmula del libro lo ignora, así que falla siempre y siempre en la misma dirección: se queda corta, y tanto más cuanto más lejos está el blanco. Pon el rozamiento a 0 y verás que el cañón de la fórmula clava el blanco; súbelo y verás que se queda a 18 metros. Ese hueco no es ruido: es lo que el modelo no sabe.
La red no aprende física. Aprende lo que al modelo físico se le escapa. Y eso es exactamente para lo que se usan en la industria: no para sustituir a la ecuación, sino para tapar la diferencia entre la ecuación y el mundo. Con una condición incómoda, la del mando del viento: un modelo entrenado en unas condiciones no vale en otras.
Y nadie le dice la respuesta. Al cañón que aprende no se le enseña ni un solo ángulo correcto. Dispara, alguien mide con una cinta métrica cuántos metros se ha pasado o se ha quedado corto, y con ese único número corrige. La ha encontrado fallando.