Dieciocho cosas que se pueden tocar. Redes que pierden mensajes, colas que se atascan, bases de datos que se contradicen y robots que se caen. Mueve los mandos y rómpelo tú mismo: casi todas enseñan más cuando fallan.
Un depósito se llena solo. El sensor, el controlador y la válvula se hablan por la red.
El controlador ve el pasado, no el presente.
Varias antenas intentan transmitir en el mismo aire. Cuando dos coinciden, no se entiende ninguna.
Por eso el wifi muere cuando os conectáis todos.
Dos mandos, caudal y retardo. Un mensaje corto y un archivo grande viajando a la vez.
Una tubería más gorda no hace que la primera gota llegue antes.
Un mensaje que va y vuelve: a la sala de al lado, a Nueva York, a un satélite, a Marte.
Ni el mejor ingeniero puede arreglar la distancia.
Cosas que llegan y alguien que las atiende. Sube el ritmo y mira crecer la cola.
Al 90% de ocupación esperas el doble que al 80%.
Un mensaje cruza un canal con ruido y se rompe. Añade repetición y míralo sobrevivir.
Se puede entender un mensaje roto, si lo mandas con cabeza.
Dos cajeros sacan de la misma cuenta a la vez. Los dos leen, los dos restan, los dos guardan.
El código está bien. El fallo está en el entrelazado.
Buscar un dato entre un millón de filas: mirando todas, o bajando por un árbol.
Un millón de comparaciones, o veinte.
Decenas de programas y muy pocos núcleos. Turnos, cambios y prioridades.
Por eso el ratón responde aunque esté todo al 100%.
Control de crucero a 100. Llega una cuesta y el coche se queda por debajo para siempre.
No falta motor: falta un término en la fórmula.
Pones 21 y la casa hace 20,5, luego 21,5, luego otra vez 20,5. Para siempre.
Un interruptor no puede quedarse quieto en un punto.
¿Por qué no acelera a tope y frena en seco? Llegaría antes.
El límite no lo pone el motor: lo pone quien va dentro.
Dos eslabones y dos motores. Tú dices dónde va la punta; él calcula los ángulos.
Llévalo al borde y mira lo que le pasa.
Una pértiga que quiere caerse y un carro que la sostiene corrigiendo sin parar.
El mismo fallo es inofensivo o mortal según cuándo ocurra.
Un robot con dos sensores y una raya negra. El mismo PID, pero conduciendo.
Un ajuste que va fino a una velocidad zigzaguea a otra.
Cuenta lo que giran sus ruedas para saber dónde está. Y el error se acumula.
Contar te lleva lejos; mirar te dice dónde estás.
El carro para donde quiera; el contenedor de doce metros de cable, no.
Mover rápido y llegar quieto son dos problemas distintos.
Una imagen se parte en trozos, llegan desordenados y hay que recomponerla.
Un número por paquete y el desorden deja de importar.
Confirmaciones, reintentos y esperas. Mandar de uno en uno desperdicia la tubería.
0,24 Mb/s sobre una línea de 100. La línea no tiene la culpa.
Se escribe en una copia y se lee de otra, y copiar tarda.
«Acabo de subirlo y no aparece».
Páginas, fallos y el precipicio. Lo que no cabe vive en el disco.
No va un poco más lento: se cae por un precipicio.
Tres cañones al mismo blanco: la fórmula del libro, tu puntería y uno que solo sabe cuánto falló.
Nadie le dice nunca el ángulo correcto.
Kafka: añade consumidores y mira cómo dejan de ayudar a partir de cierto punto.
El paralelismo tiene un tope, y es el número de particiones.
Peticiones repetidas, memoria limitada y cosas que caducan.
Funciona porque el mundo se repite más de lo que parece.
Hecho para la jornada de puertas abiertas. Todo corre en tu navegador: no hay servidor, no hace falta internet y nada sale de este ordenador.